El reciente terremoto, del 10 de agosto, que sacudió Colombia no solo fracturó estructuras y localidades; también abrió una grieta profunda en el corazón de miles de familias. Sin embargo, en medio de ese dolor, la Iglesia Católica ha vuelto a mostrar su rostro más auténtico: una comunidad que se mueve, que acompaña, que sirve y que se sabe fraterna.
En este contexto, muchos misioneros y misioneras han visto en esta tragedia una oportunidad para encarnar el Evangelio con radicalidad. Su presencia en zonas afectadas no es solo asistencia humanitaria: es anuncio, es testimonio, es cercanía que habla de Cristo sin necesidad de palabras.
Acompañan los procesos comunitarios, fortalecen la organización local, ayudan a sanar heridas emocionales y espirituales, y promueven iniciativas que devuelven dignidad y sentido de futuro. Su misión no es solo reconstruir estructuras, sino reconstruir vidas.En este sentido, la Misión Ad Gentes se revela en toda su profundidad: no es únicamente anunciar el Evangelio, sino encarnarlo allí donde la fragilidad humana clama por una presencia que sostenga, escuche y acompañe. Los misioneros y misioneras se convierten en puentes entre el dolor y la esperanza, entre la pérdida y la reconstrucción, entre el miedo y la confianza.
Desde el Servicio Conjunto de Animación Misionera, elevamos nuestra oración por Colombia, por las víctimas, por cada familia afectada y por todas las comunidades que hoy viven el desafío de reconstruir lo perdido. Nuestra misión nos impulsa a mirar este momento con esperanza activa: no solo acompañamos en la urgencia, sino que deseamos y promovemos caminos de reconstrucción que devuelvan dignidad, seguridad y futuro.
Pedimos al Señor que fortalezca a quienes han sufrido, que sostenga a los misioneros y misioneras que están en primera línea y que inspire a toda la Iglesia para seguir siendo signo de consuelo y solidaridad.
Patricia CAZORLA
OCASHA Laicado Misionero


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